¡Hola, familia! Soy Sofi, y me emociona compartir con ustedes mi oración a partir de la cita de Mateo 10, 34-11, 1.
A veces, los pasajes de la Biblia nos confrontan con verdades que no son fáciles de escuchar.
La cita de hoy es una de esas, pero si la contemplamos con un corazón abierto, nos revela la profunda realidad de lo que significa ser un discípulo de Jesús y la misión que nos ha encomendado a cada uno.
El llamado inesperado: “No he venido a traer paz, sino discordia”
Jesús, con su inmensa sabiduría, nos advierte: “No piensen que he venido a traer paz a la tierra, no he venido a traer paz, sino discordia.”
Esta frase, que a primera vista puede parecer dura o incluso contradictoria con el mensaje de amor que nos ha predicado, en realidad es un acto de honestidad de su parte.
No está buscando el conflicto por el conflicto; nos está preparando para la realidad de nuestro apostolado.
La “discordia” de la que habla Jesús no es un fin, sino una consecuencia de la transformación radical que Él obra en nuestras vidas.
Cuando decidimos seguirlo, nuestra vida cambia de forma irreversible. Nuestros valores, prioridades y acciones se alinean con su palabra.
Esta nueva forma de vivir, esta luz que llevamos dentro, a menudo choca con la oscuridad o las indiferencias de un mundo que no lo conoce.
Pensemos en nuestras propias vidas: ¿A quiénes quiere Jesús que le anunciemos su palabra? ¿Cuáles son esas “regiones” que nos ha confiado?
Puede ser nuestra familia, nuestros amigos, compañeros de trabajo o comunidad. Sabemos de antemano que sus respuestas no siempre serán las que esperamos.
Por eso, Jesús nos invita a prepararnos, a entender que la reacción de los demás no siempre será de aceptación o docilidad.
El corazón que no ha conocido a Dios a menudo está endurecido, y esto le impide recibir con alegría el testimonio de una vida nueva.
Soltar los apegos: el primer paso de nuestra misión
Jesús profundiza en este punto cuando nos dice: “Porque he venido a separar al hijo de su padre, a la hija de su madre, a la nuera de su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su casa.”
Esto no es una invitación a romper lazos familiares, sino una clara advertencia de que nuestro amor por Él debe ser incondicional.
Nos invita a soltar los apegos que a veces tenemos con nuestros seres queridos. No se trata de dejar de amarlos, sino de amar a Jesús por encima de todo.
Esto significa dejar de lado las expectativas, las etiquetas o las ideas preconcebidas que tenemos sobre ellos.
Significa confiar en que el plan de Dios es el mejor, incluso si no lo entendemos en el momento.
Un testimonio que me impactó profundamente fue el de la hermana Tete, una religiosa con la que tuve la oportunidad de hablar.
Ella me contó que, cuando sintió el llamado a consagrar su vida a Dios, su familia se opuso rotundamente, pues sus padres no eran católicos, sino masones.
No tenían imágenes de Jesús en su casa, y su decisión de pasar tiempo en la iglesia fue una fuente de conflicto.
Para sus padres, su elección fue una “discordia” que rompió con el ideal de vida que tenían para ella. Pero la hermana Tete, al optar por ese amor auténtico y querer vivir eternamente con Dios, se mantuvo firme.
Su historia es un poderoso ejemplo de lo que Jesús nos dice en este pasaje: la elección de seguirlo a Él puede causar fricción, incluso con las personas que más amamos.
La recompensa de la misión: sembrar con paciencia
Es natural que, en estos conflictos, nos sintamos frustrados. Nos preguntamos: “¿Por qué no creen? ¿Por qué no se convierten? ¿Por qué no vienen a esta fuente de amor y paz que yo he experimentado?”.
Pero Jesús ya nos está preparando. Nos enseña que la respuesta de los demás no será inmediata ni igual a la nuestra.
Nuestra misión no es imponer a Dios, sino trabajar en nuestra propia persona para que nuestro testimonio sea auténtico.
No se trata de obligar a otros a seguir a Jesús, sino de invitarlos a hacerlo desde la libertad, mostrándoles la alegría y la paz que Él nos ha dado.
La misión se vive en cada rincón de nuestra vida
En el trabajo, con nuestros amigos, en nuestra casa, con nuestros hijos y nuestra pareja. Es ahí donde debemos reflejar ese amor y esa paz que hemos encontrado.
La hermana Tete, con su vida, nos enseña a elegir siempre la mejor parte: quedarnos con Dios, incluso si eso significa ir contracorriente.
No debemos desanimarnos en la misión, pues como dice la cita de Lucas 6, 23: “tu recompensa será grande en el cielo.”
La clave está en encontrar la forma de seguir hablando de Jesús, no solo con palabras, sino con una vida que sea una oración constante.
Que nuestro testimonio sea tan genuino que despierte en los demás esa curiosidad, esa intriga: “¿Por qué estás tan feliz? ¿Por qué siempre eres tan paciente, tan bondadosa? ¿De dónde sacas esa paz?”.
Dios nos dé la gracia de vivir nuestra fe de forma tan coherente y así nuestra vida se convierta en una invitación para que otros conozcan al amor de nuestra vida. Que tengamos un bendecido día, y que no olvidemos que no estamos solos en esta hermosa y desafiante misión.
