Queridos novios:
Al acercarse al sacramento del matrimonio, están tomando una de las decisiones más profundas y trascendentales de sus vidas.
El matrimonio, en la visión de la Iglesia Católica, no es solo un contrato entre dos personas, sino un sacramento divino que refleja el amor de Dios y tiene un propósito trascendental.
Es una alianza que implica amor, compromiso y fidelidad, pero también tiene fines específicos que Dios ha diseñado para esta unión.
Entre estos fines, uno de los más fundamentales es la apertura a la vida y la procreación de los hijos.
El Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), en su enseñanza sobre el matrimonio, establece claramente que uno de los fines esenciales del matrimonio es la procreación y educación de los hijos.
Este principio está arraigado en la naturaleza misma del matrimonio cristiano.
Que no solo busca la unidad y el amor entre los esposos, sino que también está abierto a la vida y a la creación de nuevas personas.
Así, si uno de los contrayentes entra al matrimonio con la intención deliberada y permanente de excluir la procreación, el sacramento es inválido.
Ya que esta intención contradice uno de los fines esenciales del matrimonio.
La naturaleza del matrimonio en la Iglesia Católica
El matrimonio cristiano es considerado un sacramento, es decir, un signo visible de la gracia de Dios, que se manifiesta en el amor de los esposos y en su apertura a la vida.
En el amor conyugal, la unión entre los esposos se convierte en una imagen del amor de Cristo por su Iglesia.
El matrimonio no solo implica un vínculo afectivo y espiritual entre los cónyuges, sino también una llamada a vivir en total entrega y generosidad, siguiendo el ejemplo de Cristo.
Esta entrega y generosidad no solo se limitan a las dimensiones emocionales y espirituales de la relación.
Sino que se extienden a los aspectos más prácticos de la vida conyugal, incluyendo la apertura a la vida.
El Catecismo de la Iglesia Católica establece que “la procreación y la educación de los hijos son los fines primarios del matrimonio” (CIC, 1652).
Este es uno de los fines más profundos y fundamentales del sacramento del matrimonio. Cuando un hombre y una mujer se casan, no solo lo hacen para su propio bienestar.
Sino también para ser cooperadores con Dios en la creación de nueva vida, trayendo hijos al mundo y educándolos en la fe. Esto refleja el amor generoso y fructífero de Dios.
El matrimonio, por lo tanto, tiene una dimensión que va más allá de la simple satisfacción de los deseos personales o de la creación de una relación emocionalmente estable.
Está destinado a ser un camino de santificación para los esposos, y esto incluye la posibilidad de recibir el don de los hijos como una parte fundamental de su vida conyugal.
De ahí la importancia de la apertura a la vida.
La intención de no tener hijos: Implicaciones espirituales y canónicas
Uno de los aspectos más profundos y trascendentales del matrimonio cristiano es la intención con la que cada uno de los contrayentes entra en la unión.
La Iglesia enseña que el consentimiento matrimonial debe ser libre y consciente, y debe incluir una disposición para cumplir con los fines del matrimonio tal como Dios los ha establecido.
Si uno de los contrayentes tiene la intención explícita de excluir permanentemente la procreación de los hijos, esta intención va en contra de uno de los fines esenciales del matrimonio y puede afectar la validez del sacramento.
El Código de Derecho Canónico (CIC c. 1101 §2) establece que “el consentimiento que se da para un matrimonio es inválido si falta alguno de los fines esenciales del matrimonio, como la procreación de los hijos o la permanencia de la unión”.
Esto significa que si uno de los contrayentes entra al matrimonio con la intención de excluir la procreación, la validez del matrimonio puede ser cuestionada.
La apertura a la vida no solo es un ideal espiritual y ético, sino que es un aspecto constitutivo del matrimonio cristiano.
El Catecismo también menciona que la “fecundidad” es uno de los aspectos fundamentales del matrimonio.
Esto no se refiere únicamente a la capacidad biológica para tener hijos, sino a la disposición interior de los esposos a recibir la vida como un don de Dios.
Si esta disposición falta, el matrimonio se desvía de uno de sus fines fundamentales.
El impacto de la intención en la validez del matrimonio
Es importante destacar que, en el contexto del matrimonio cristiano, la intención de no tener hijos debe ser entendida como una intención permanente y deliberada de excluir la procreación de los hijos del matrimonio.
No se trata de una decisión tomada por razones temporales o circunstanciales.
Como problemas de salud, condiciones de vida difíciles o dificultades económicas, que pueden ser razones válidas para posponer la maternidad o la paternidad.
Lo que hace que la intención de no tener hijos afecte la validez del matrimonio es la permanencia y exclusividad de esta intención.
Si uno de los contrayentes, de manera definitiva y sin intención de cambiar, decide no tener hijos bajo ninguna circunstancia, entonces el sacramento del matrimonio puede ser inválido.
Esto se debe a que, al entrar en el matrimonio con esa intención, se estaría excluyendo deliberadamente uno de los fines más fundamentales del matrimonio, que es la procreación de los hijos.
Un matrimonio que excluye permanentemente este propósito de manera explícita no cumple con la definición canónica del matrimonio y, por lo tanto, puede no ser considerado válido.
En este caso, aunque los esposos se hayan casado, su matrimonio no estaría de acuerdo con los fines que Dios ha destinado para la unión conyugal.
La apertura a la vida: Un acto de Fe y confianza
La apertura a la vida no es solo una cuestión biológica o física, sino también una cuestión espiritual y moral.
Al aceptar la posibilidad de tener hijos, los esposos no solo están recibiendo el don de la vida de manera biológica, sino que están reconociendo el plan divino de amor y generosidad.
Tener hijos, educarlos en la fe y guiarlos en su camino hacia Dios es una forma concreta de vivir el matrimonio como un camino de santidad.
La Iglesia enseña que la procreación no es solo una opción, sino una respuesta a la invitación divina.
En el contexto del matrimonio, tener hijos es un acto de fe y confianza en Dios, que es el autor de la vida.
A través de la apertura a la vida, los esposos están reconociendo que, aunque la procreación de los hijos involucra responsabilidad y sacrificio, es también una bendición y un medio para vivir plenamente el amor de Dios.
Cuando uno de los contrayentes decide excluir permanentemente la posibilidad de tener hijos, se está negando a participar de esta generosidad divina.
Esto afecta no solo la relación con su cónyuge, sino también su relación con Dios y con el plan divino para el matrimonio.
La compasión y la comprensión en la discusión sobre la paternidad
Es importante destacar que la Iglesia no condena a aquellos que, por razones legítimas y responsables, deciden posponer la paternidad o la maternidad.
Las dificultades de salud, la necesidad de estabilidad económica o la responsabilidad de cuidar a otros familiares pueden justificar la decisión de no tener hijos en un determinado momento.
La Iglesia, en su sabiduría, permite la planificación natural de la familia, que respeta los principios de la naturaleza humana y el respeto por la vida.
Sin embargo, la intención deliberada de excluir permanentemente la procreación de los hijos es lo que está en conflicto con la enseñanza de la Iglesia.
Es vital que los novios reflexionen profundamente sobre el llamado que están recibiendo al matrimonio.
Al hacerlo, deben considerar no solo sus deseos personales o su situación actual, sino también el plan divino para su vida matrimonial. La apertura a la vida no significa tener hijos a toda costa.
Sino estar dispuestos a recibir el don de la vida como un regalo de Dios, en el momento que Él lo decida.
Conclusión
Queridos novios, el matrimonio cristiano es mucho más que una simple unión entre dos personas. Es un camino hacia la santidad y un medio para vivir el amor de Dios.
Uno de los aspectos más fundamentales de este sacramento es la apertura a la vida, la disposición de los esposos a recibir el don de los hijos y educarlos en la fe.
Esta apertura a la vida no es opcional; es uno de los fines esenciales del matrimonio, si se excluye deliberadamente y de manera permanente, puede invalidar el sacramento.
Antes de contraer matrimonio, reflexionen profundamente sobre su disposición a aceptar la vida como un don de Dios.
Si bien pueden haber razones válidas para posponer la paternidad o la maternidad, la intención de excluir permanentemente este fin del matrimonio es incompatible con su validez como sacramento cristiano.
Que su amor y su compromiso con el matrimonio estén siempre alineados con los fines divinos.
Y que, a través de su unión, puedan ser instrumentos del amor y la generosidad de Dios en este mundo.








