Reflexión para el Miércoles 31 de diciembre – Juan 1, 1-18
El Evangelio de hoy nos regala uno de los textos más profundos de toda la Escritura: el Prólogo de San Juan, un himno a la eternidad del Hijo y a su encarnación en el tiempo.
“En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…” (Jn 1,1).
Con estas palabras, la Iglesia nos invita a cerrar el año mirando al origen de todo y al Dios que entra en la historia para iluminarla desde dentro.
La Navidad no es simplemente un recuerdo tierno: es la proclamación de que la Luz eterna ha descendido a nuestras tinieblas para transformarlas.
1. La Palabra eterna se hizo carne: el corazón de la Navidad
El Catecismo enseña: “El Hijo de Dios asumió nuestra naturaleza humana para hacernos participar en la vida divina” (CEC 456-460).
Esto es Navidad: Dios entra en la carne, en la historia, en la realidad concreta, no para observarnos, sino para habitar con nosotros.
Juan no empieza su Evangelio desde Belén, sino desde la eternidad: Cristo existía antes de todo, y todo fue creado por Él.
Ese mismo Dios entró en la pequeñez de un pesebre.
La Encarnación revela que nuestro mundo no está abandonado: Dios tomó nuestra historia para redimirla.
2. La Luz que vence la oscuridad
Juan afirma: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5).
En estas palabras se encierra una promesa para cerrar el año: la oscuridad no tiene la última palabra.
Ni el pecado
Ni las heridas
Ni la confusión moral
Ni el cansancio
Ni los fracasos
Ni los temores del futuro…
Nada puede apagar la Luz que nació en Navidad.
Benedicto XVI, en Deus Caritas Est, enseñaba que Cristo es la “luz definitiva” que da sentido a la existencia humana.
No una luz pasajera, sino una luz que ilumina desde dentro incluso lo que no entendemos.
3. La presencia de Cristo nos da identidad: somos hijos de Dios
El Prólogo hace una afirmación que cambia la vida: “A quienes la recibieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios” (Jn 1,12).
Navidad no solo nos trae la luz: nos revela quiénes somos.
Nuestra identidad no se basa en: logros, heridas, historia familiar, éxito, reconocimiento, capacidad, errores pasados.
Nuestra identidad es un don: somos hijos de Dios, engendrados no por la carne, sino por el Espíritu.
El Canon 204 §1 nos recuerda que los bautizados participan de la dignidad de hijos y herederos de la promesa.
Navidad es, por tanto, un recordatorio del regalo más grande: la filiación divina.
4. La Palabra se hace carne para habitar entre nosotros
Juan dice: “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1,14).
El término “habitar” se traduce literalmente como “acampar”, “instalar su tienda”. Dios no pasa de largo, se queda, permanece, acompaña.
Esto implica que:
Dios no está lejos de tu historia.
Dios no es indiferente a tus luchas.
Dios no abandona tus procesos.
Dios no se cansa de tu debilidad.
Dios no se escandaliza de tu humanidad.
La Encarnación es la prueba irreversible de que Dios quiere estar donde tú estás, incluso en tus sombras.
5. Gracia sobre gracia: así cierra el año un corazón creyente
El Prólogo culmina con una frase maravillosa: “De su plenitud hemos recibido gracia tras gracia” (Jn 1,16).
Esto significa que la gracia no se agota: fluye continuamente, como una fuente incesante.
Aunque el año haya tenido pruebas, pérdidas, desiertos o heridas, la gracia siempre estuvo trabajando, quizá de forma silenciosa.
Navidad nos enseña a cerrar el año no mirando solo lo que faltó, sino reconociendo lo que Dios hizo:
Gracia en la perseverancia
Gracia en la conversión
Gracia en las lágrimas
Gracia en la reconciliación
Gracia en la fuerza que no sabíamos que teníamos.
Gracia sobre gracia.
6. ¿Cómo acoger la Luz eterna al cerrar el año?
1. Relee tu año a la luz del Evangelio
No desde el miedo o la culpa, sino desde la presencia fiel de Dios.
2. Renueva tu identidad de hijo de Dios
Deja que esta verdad sea tu punto de partida para el año nuevo.
3. Permite que la luz de Cristo ilumine tus sombras
Lo que lo expones a la luz deja de esclavizarte.
4. Abraza la Encarnación como estilo de vida
Dios habita lo concreto: tu casa, tu historia, tus procesos, tu trabajo.
5. Da gracias por la “gracia sobre gracia” recibida
La gratitud abre el corazón a nuevas bendiciones.
Conclusión: La Luz eterna entra en nuestra historia para transformarla
Hoy, último día del año, contemplamos el misterio más grande: la Luz eterna se hizo historia, carne, tiempo, fragilidad. Cristo vino para quedarse.
Vino para iluminar, transformar y dignificar nuestra vida.
Vino para revelarnos quiénes somos: hijos amados del Padre.
Navidad es la certeza de que la luz brilla, la luz vence, la luz sostiene. Con esta certeza entramos en un nuevo año: no solos, sino habitados por la Palabra que se hizo carne.
La Luz eterna entra en nuestra historia… y nada vuelve a ser igual.









