Reflexión para el Lunes 29 de diciembre – Lucas 2,22-35
En el corazón de la Navidad aparece una figura silenciosa, humilde y profundamente luminosa: Simeón, un anciano justo que ha esperado durante años la consolación de Israel.
Su historia nos revela un misterio esencial de la vida espiritual: la luz de Dios se reconoce no en la prisa, sino en la espera.
El Evangelio dice que Simeón “movido por el Espíritu” (Lc 2,27) fue al Templo justo en el momento en que María y José presentaban a Jesús.
Y al tomar al Niño en brazos, reconoce lo que generaciones enteras habían anhelado: la salvación encarnada, la luz para todas las naciones.
Navidad nos recuerda que quien sabe esperar con fidelidad reconoce a Cristo cuando se manifiesta, incluso si viene en apariencia frágil y silenciosa.
1. La fe madura en la espera confiada
El Catecismo enseña que la espera es parte constitutiva de la fe:
“La fe es una adhesión personal del hombre a Dios… es un acto de entrega confiada” (CEC 150).
Simeón no esperó de forma pasiva, sino con una esperanza viva.
La tradición cristiana siempre ha visto en él la imagen del creyente que espera orando, perseverando, escuchando, discerniendo, sin exigir tiempos ni formas.
Navidad no es solo el cumplimiento de una promesa; es también una pedagogía divina: Dios forma el corazón en los tiempos largos, en los silencios, en la perseverancia.
Así como Simeón madura en la espera, también nosotros estamos llamados a permitir que Dios trabaje en nosotros a su ritmo.
2. La luz de Cristo se reconoce desde la docilidad al Espíritu
El Evangelio recalca tres veces que Simeón estaba en relación con el Espíritu Santo:
- El Espíritu reposaba sobre él.
- Le había revelado que vería al Mesías.
- Lo movió al Templo en el momento exacto.
No es casualidad. La capacidad de reconocer la luz depende de la docilidad a la acción interior del Espíritu.
El Catecismo (CEC 687) enseña que el Espíritu Santo nos permite “conocer a Cristo”, abrir los ojos del corazón para descubrir su presencia.
Sin esta apertura, podríamos estar frente al Niño Jesús… y no verlo.
En Navidad, muchos ven un símbolo, una tradición, un recuerdo. Pero solo quienes escuchan al Espíritu ven al Salvador.
3. La luz trae consuelo… pero también purificación
Simeón profetiza dos cosas esenciales:
Cristo es luz y salvación para todos
“Luz para iluminar a las naciones” (Lc 2,32).
El mundo, herido por el pecado, recibe claridad, consuelo, orientación.
Cristo purifica y discierne los corazones
“Será signo de contradicción” y
“una espada te atravesará el alma” (Lc 2,34-35).
Aquí está la verdadera profundidad de la Navidad: La luz no solo ilumina, también revela, discierne, purifica. No es una luz decorativa, sino transformadora.
Benedicto XVI explicaba que la luz de Cristo “pone al descubierto el corazón del hombre”, porque invita a la decisión, al abandono del pecado, a la conversión verdadera (Spe Salvi).
Por eso Navidad no es solo alegría suave: es también un llamado a permitir que Dios entre en nuestras zonas oscuras.
4. María: la mujer que espera y que acompaña la luz
Simeón dirige un mensaje directo a María: Una espada te atravesará el alma”.
La maternidad de María está unida al misterio de la cruz.
Ella es la mujer de la espera perfecta, la mujer del sí incondicional que se mantiene fiel en todas las etapas: Belén, Egipto, Nazaret, el Calvario y la Resurrección.
El Canon 1186 recuerda que la piedad hacia la Virgen María fortalece la fe de los fieles, porque su ejemplo enseña cómo esperar, cómo discernir y cómo sufrir con esperanza.
En Navidad, María es la maestra que enseña a reconocer a Cristo aunque se presente en pequeñez o en dolor.
5. La espera forma el corazón para el discernimiento
Simeón ve en un niño pobre lo que nadie más percibía: la salvación del mundo. Eso solo es posible cuando el corazón ha sido educado por la espera.
La prisa ciega; la espera purifica. Quien sabe esperar:
Deja que las emociones se asienten
Escucha más profundamente
Reconoce los movimientos de Dios
Discierne lo esencial de lo secundario.
El Papa Francisco enseña en Gaudete et Exsultate que el discernimiento requiere “tiempo, madurez y apertura a la gracia”.
Sin espera… no hay discernimiento. Sin discernimiento… no hay verdadero encuentro con Cristo.
6. ¿Cómo vivir la espera de Simeón en nuestra Navidad?
1. Cultiva la oración silenciosa
La espera se vuelve fecunda cuando el corazón aprende a escuchar. 2. Deja que el Espíritu dirija tus pasos
La docilidad interior te permitirá reconocer a Cristo en lo inesperado. 3. Acepta la luz que revela y purifica
No temas cuando la luz muestre tus sombras. Es un acto de amor. 4. Mira la Navidad con ojos de fe, no solo de emoción
El Niño no es un adorno: es la salvación que transforma la vida. 5. Mira a María como modelo de espera
Ella enseña cómo sostenerse en la luz incluso en la prueba.
Conclusión: La luz solo es reconocida por quienes esperan en Dios
Simeón nos enseña que la fe no es improvisación: es fruto de la espera, la docilidad al Espíritu, la humildad y la perseverancia.
La luz del Niño Jesús ilumina, sí, pero también purifica y revela los pensamientos más profundos del corazón.
Navidad no es solo celebración; es un llamado a aprender a esperar para poder ver.
Aquel que sabe esperar reconoce a Cristo incluso cuando viene pequeño, silencioso o inesperado.
La luz es reconocida por quienes saben esperar. Y todo el que espera en Dios jamás queda defraudado.








