Reflexión para el Martes 30 de diciembre – Lucas 2,36-40
Después de la figura de Simeón, el Evangelio nos presenta a Ana, una mujer mayor cuya vida entera se ha convertido en ofrenda.
Viuda desde joven, no se encierra en el dolor, ni en la amargura, ni en la resignación.
El texto dice que “no se apartaba del templo, sirviendo con ayunos y oraciones noche y día” (Lc 2,37).
Una vida así no nace del esfuerzo humano, sino de un corazón que ha encontrado su alegría en Dios. Y es justamente esa perseverancia la que le permite reconocer a Jesús al instante.
Navidad nos recuerda que la fidelidad constante abre el corazón a la verdadera alegría —una alegría que no depende de circunstancias, sino de presencia.
1. Ana: la mujer que transforma el dolor en camino de gracia
La tradición judía consideraba la viudez como una gran prueba. Ana pudo haberse paralizado, pero eligió otro camino: convertir su sufrimiento en oración y servicio.
El Catecismo enseña que el sufrimiento, unido a la fe, puede transformarse en “camino de santificación” (CEC 1505).
Ana vivió esto plenamente: su dolor no la rompió; la purificó.
En Navidad, Dios nos invita a hacer lo mismo: convertir las heridas en altar, los silencios en oración, la espera en fidelidad.
2. La perseverancia espiritual: una enseñanza constante en la Iglesia
La Iglesia reconoce en la constancia una virtud esencial.
San Juan Pablo II enseñó en Novo Millennio Ineunte que la santidad no es resultado de impulsos breves, sino de “perseverancia diaria y humilde”.
El Canon 214 recuerda el derecho de los fieles a vivir su fe en coherencia con la vida de la Iglesia, lo cual implica perseverar en ejercicios espirituales aunque no veamos frutos inmediatos.
La perseverancia sostiene la fe cuando:
Las emociones se apagan
No sentimos consuelo
La oración se vuelve seca
Las pruebas se alargan
El tiempo se vuelve monótono.
La constancia es una forma concreta de amor.
3. La perseverancia abre los ojos del corazón
Ana reconoce a Jesús porque ha entrenado su mirada interior. Quien vive en perseverancia:
- Afina el discernimiento
- Limpia el corazón
- Aprende a ver lo invisible
- Recibe sensibilidad espiritual.
Por eso el Catecismo afirma que la oración constante “unifica el corazón” (CEC 2697) y dispone al alma para reconocer la presencia de Dios en lo pequeño.
Muchos estaban en el Templo ese día, pero solo Simeón y Ana reconocieron al Mesías.
¿Por qué? Porque su constancia les había abierto los ojos.
Así también pasa en la vida espiritual: no vemos a Jesús por falta de luz, sino por falta de constancia.
4. La alegría verdadera nace de una vida centrada en Dios
El Evangelio dice que Ana “hablaba del Niño a todos los que esperaban la liberación”.
Una persona que persevera en Dios no puede esconder la alegría; se desborda.
Pero es importante distinguir: la alegría cristiana no es euforia, no es emoción pasajera, no es optimismo superficial.
El Papa Francisco explica en Evangelii Gaudium que la alegría del cristiano es “misionera, serena y profunda”, fruto del encuentro con Cristo vivo.
Ana no festeja sin fundamento; su alegría nace del reconocimiento. Ver a Jesús es la fuente de su gozo.
En Navidad, esta verdad se renueva en nosotros: la constancia prepara el corazón para gozar de la presencia de Dios de manera estable, firme, madura.
5. La perseverancia como camino navideño
La Navidad no termina el 25.
Es un tiempo en el que Dios trabaja en silencio, a menudo sin sensaciones espectaculares, igual que Jesús crecía “en sabiduría, en estatura y en gracia” (Lc 2,40).
El Evangelio termina diciendo que el Niño crecía, y esta frase es clave: la vida espiritual también crece lentamente, gradualmente, con constancia.
Navidad nos invita a:
Perseverar en la oración
Perseverar en la bondad
Perseverar en la justicia
Perseverar en el perdón
Perseverar en la fe incluso cuando no vemos resultados inmediatos.
La constancia es el secreto de toda madurez espiritual.
6. ¿Cómo vivir la perseverancia de Ana hoy?
1. Establece tiempos fijos de oración
La constancia se construye con hábitos firmes.
2. Persevera incluso cuando no “sientas” nada
Dios actúa en lo oculto.
3. Transforma las heridas en intercesión
Ana convirtió su viudez en servicio. Tú también puedes convertir tu dolor en gracia.
4. Permanece dentro de la vida sacramental
La Eucaristía es fuente de fortaleza (CEC 1324). La perseverancia nace allí.
5. Comparte tu alegría de fe con otros
Quien persevera, irradia. La alegría cristiana no es silenciosa.
Conclusión: La perseverancia abre el corazón a la alegría
Ana, la profetisa, nos enseña que la constancia en la oración y en la vida espiritual transforma la existencia y abre el corazón al gozo profundo que solo Cristo puede dar.
La Navidad no es un instante de emoción, sino un camino de fidelidad.
Quien persevera reconoce a Jesús, y quien lo reconoce experimenta la auténtica alegría del Espíritu.
La perseverancia abre el corazón a la alegría… y esta alegría es el regalo de Dios para los que se mantienen fieles.









