😊 Cristo Rey👑 “¿Así que eres rey?”

¿Estas preparado para celebrar nuestra festividad de Cristo Rey?

He tenido una noche de insomnio y esto es lo que el Espíritu Santo me ha regalado.

El último domingo de cada año litúrgico no es el último de diciembre, aunque nuestro sentido del tiempo lo indique. 

Para los católicos, es el que antecede al tiempo de Adviento (la etapa del año en donde preparamos alma, vida, corazón y adornos para recibir la Navidad) y la Iglesia lo ha destinado para festejar y meditar a Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo.

Cristo Rey.

Esta festividad tiene su origen desde 1925, cuando el papa Pío XI la instituyó (como festividad de Cristo Rey).

Tanto para conmemorar el XVI centenario del Concilio de Nicea (celebrado el año 325 y en donde se definió como verdad de fe la naturaleza divina de Cristo).

Como teniendo en cuenta el recrudecimiento del anticlericalismo y del ateísmo en varios países del mundo.

Para un ejemplo más claro de los efectos de estas polarizaciones se vio en México, que entre 1926 y 1929 sufrió una guerra civil de “baja” intensidad.

Hoy, a tantos años de distancia de su institución en el calendario litúrgico.

¿Qué importancia tiene para nosotros, los fieles? 

No tiene el gran atractivo que tienen Semana Santa, Pascua, Navidad, el 31 de diciembre, la festividad del santo parroquial o de alguna de las advocaciones de la Virgen María, que atraen a multitudes a los templos.

E, incluso, pareciera verse opacada por la espera de la Navidad, que desde principios de noviembre comienza a seducir la atención de todos gracias a la mercadotecnia.

Creo que la respuesta a todo esto podemos encontrarla en una lectura atenta del Evangelio del domingo de este año (Jn 8, 33b-37):

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús:

—¿Eres tú el rey de los judíos?

Jesús le contestó:

—¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?

Pilato le respondió:

—¿Acaso soy yo judío? Tu pueblo y los sumos sacerdotes te han entregado a mí. ¿Qué es lo que has hecho?

Jesús le contestó:

—Mi Reino no es de este mundo. Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí.

Pilato le dijo:

—¿Conque tú eres rey?

Jesús le contestó:

—Tú lo has dicho. Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.


En este diálogo —tan corto como intenso, tan oscuro a primera vista pero lleno de matices y de signos— se encuentra el inicio como el final del ministerio de Jesús. 

Recordemos el contexto: esta cita se desarrolla justo después de que Jesús ha sido flagelado y coronado de espinas, insultado, golpeado y humillado por los soldados romanos. 

Ha ocurrido así porque Pilato —tomando a la ligera las solicitudes de las autoridades religiosas judías, de algunos fariseos y saduceos, de crucificar a Jesús— no ha querido ceder al principio a la insistencia por ejecutar de una buena vez al prisionero. 

Pareciera pensar: “No hay que mostrar debilidad ante gente que no es romana, que vean quién es el que toma decisiones y el que tiene el poder del César en estas tierras de extremistas y terroristas”.

Al contemplar a un Cristo.

Que apenas puede tenerse en pie, con heridas sangrantes que se trasminan por toda la túnica, con una corona grotesca entretejida por espinas por los soldados que lacera la cabeza del prisionero.

Envuelto en una capa a modo de manto real, la pregunta de Pilato (“¿Eres tú el rey de los judíos?”).

Deja entrever la burla que le hacía a Jesús con sólo verlo, producto de la soberbia que da el poder, que ve con desprecio a cualquiera que parezca su inferior. 

Si Jesús insiste en que lo es (aunque Él, siguiendo lo que nos narra San Juan, no lo haya afirmado).

Entonces, a criterio de Pilato, es un pobre lunático que no representa el peligro que el Sumo sacerdote y su gente advierten. 

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Ejercer el poder.

¿Cuántas veces no hemos visto esa actitud en aquellos que ejercen un poder, propio o delegado, en el gobierno, en el trabajo, o incluso en el trato con los demás? 

Aún más: ¿cuántas veces no nos hemos encontrado nosotros mismos pensando altivamente que uno tiene una mejor posición, o que siempre lo asiste la razón y que los demás no saben nada? 

¿O hemos caído también en la soberbia y consideramos que somos mejores que los otros, incluso mejores que Dios que pareciera en ocasiones no tener la última palabra?

Por eso, la respuesta de Jesús (que a la vez es una pregunta: ¿Eso lo preguntas por tu cuenta o te lo han dicho otros?), desconcierta a Pilato y, de pasada, nos desconcierta. 

¿En qué se funda nuestro conocimiento del mundo y de las personas? ¿Conocemos realmente a las personas, o solo partimos de  suposiciones y verdades a medias?

Nuestra fe en Dios.

¿Parte de un trato frecuente con Él, o solo repetimos como pericos lo que hemos escuchado de otras personas de quienes desconocemos el por qué se expresan así? 

Jesús no cae en el victimismo, sino que aspira (mediante el diálogo) a cuestionar al otro, a sacarlo de su zona de confort porque sabe que el conocimiento de la verdad nos hará libres (cf. Jn 8,32).

Pilato no cae en el juego y confronta directamente a Jesús: ha descubierto que es más listo de lo que aparenta. Pareciera decirle: “No lo digo por mí, sino porque de eso te están acusando”.

 Y Jesús, hablándole a Pilato, nos habla a nosotros: “Mi Reino no es de este mundo”

Con esta declaración a rajatabla, Jesús nos hace recordar el momento en que fue tentado en el desierto (cf. Mt 4,1-10).

Principalmente la tercera tentación que vivió: el tener el dominio de todas las naciones del mundo si accedía a arrodillarse y adorar a Satanás, el “príncipe de este mundo”(cf. Jn 12,31; 14,30).

Así, simplemente la instauración de un reino hubiera sido más sencillo, habría sido aceptado más fácilmente y, si hubiera aceptado así ser el Mesías.

Hubiera unificado a todos los judíos bajo su liderazgo y, quizá, otro hubiera sido el destino del mundo. Pero eso no lo tenía Jesús en la mente ni tampoco en su corazón.

¿Cuál es, entonces el Reino del que Jesús habla?

“Mi Reino no es de este mundo”. ¿Cuál es, entonces, el Reino al que Jesús hace referencia, por el que ha entregado tres años de su vida, en el que ha recorrido Tierra Santa de un lado a otro. 

Por el que ha predicado incansablemente, hecho signos (milagros), y por el que ha ganado amistades, seguidores y enemigos a muerte que le depararán, precisamente, la muerte más cruel y humillante?

La respuesta más sencilla es: un Reino más grande que cualquier nación, habida y por haber, de la Tierra. 

Cristo Rey y su Reino:

En el que todos tienen cabida si se arrepienten de corazón de sus pecados y buscan conocer a su Padre: un Dios que los ha hecho a imagen y semejanza suyas y que los ama con entrañable e infinito Amor. 

Donde todos somos hermanos por proceder del mismo Padre y en el que todos debemos amarnos unos a otros, tal y como Jesús nos ama, no sólo por ser sus hermanos, sino porque así buscamos cumplir la voluntad de su Papá y amarle. 

Que no se percibe a simple vista porque, para verlo, necesitas mirar con un corazón limpio.

Frente a esto, Pilato sólo le pregunta a Jesús si es rey para que termine de definirse como un soñador, pero nada más. 

De nuevo, la respuesta de Jesús va más allá: “Soy rey. Yo nací y vine al mundo para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.” 

Un rey según el sentido común sólo busca mandar, ser obedecido y, si lo requiere, imponerse mediante el temor y la violencia.

No necesita convencer con las palabras, pues para eso están las armas y las recompensas. 

El verdadero sentido del poder.

Jesús nos habla de su realeza: el poder está en función del servicio. 

Quien es realmente poderoso, lo es, cuando su vida exterior refleja su vida interior, sus convicciones, y es congruente en todo momento, en toda circunstancia.

Ayudando a los demás a conocer al Dios-Papá-Amor, pues su vida da un testimonio tan contundente que nada lo puede contradecir e invita a imitarlo.

 “Por eso”, dice San Pablo en la Carta a los Filipenses, “Dios lo exaltó sobre todas las cosas, y le dio el Nombre que está sobre todo nombre” (Flp 2, 9-11).

Hoy, frente a todas las dudas e inquietudes que nos aquejan todo el tiempo, en todos los frentes, ¿en qué creemos?

¿Qué buscamos en nuestro día a día, en nuestro trabajo, con nuestros amigos, en el interior de nuestras familias?

¿El ir con la corriente del mundo, buscando el dinero, el placer, el poder?; o ¿buscamos ser congruentes con nuestra fe, confiando en que ésta dará respuesta a todas nuestras inquietudes y anhelos más profundos? 

Nadie dijo que fuera fácil.

Créeme que esto último no es fácil: al vivir en el mundo, asumimos como cierto que “merecemos” una vida que cumpla con ciertos estándares y que debemos hacer todo por alcanzarla:

Desde establecer quién manda en el matrimonio, hacer todo por conseguir un aumento de sueldo o una promoción de puesto.

Endeudarse con tal de vestir como nos gusta o manejar un auto que nos dé comodidad o incluso nos haga ser el centro de atención, comer en algún restaurante porque se tienen los recursos para hacerlo.

Al vivir así sólo sentimos los frutos del estrés en nuestro cuerpo, o la soledad que implica la competencia por los primeros puestos.

O la amargura de ver que la felicidad se nos escapa al igual que el tiempo, o la presión que implica conservar las migajas de “buena vida” que le arrancamos a nuestro trajín diario.

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A lo que nos invita hoy Jesús, es a ser libres como Él lo es: 

No desde el poder o la opulencia o la soberbia que todo esto conlleva, sino desde la libertad de ser hijo de Dios.

Desde el anhelo de que esa libertad (originada en el amor) nos haga ir en busca de aquel que ignora de quién es hijo y mostrarle que es posible vivir de otra manera. Porque:

“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su vida?” (Mc 8,36).

¿De qué le sirve al hombre conquistar fama, fortuna, poder, montones de parejas, éxito en el trabajo, opulencia…, si al final todo eso no nos reconforta cuando llegamos a casa tristes y agotados? 

¿O sacrificar tiempos y esfuerzos en algo que no nos llevaremos al morir? 

Ahí están las pirámides de Egipto: los faraones sacrificaron hombres, invirtieron recursos materiales para labrar y trasladar los bloques al lugar donde se edificaban las construcciones.

Hoy en día nos fijamos más en las pirámides que en los reyes que las construyeron.

Las enseñanzas de Cristo Rey.

Jesús, como Rey del universo, nos enseña que la congruencia tiene un precio, pero que bien vale la pena pagarlo cuando lo que se gana es el Reino, la Familia de Dios que no distingue entre hermanos según etiquetas arbitrarias. 

Sí: Jesús es Rey porque es el perfecto hijo de Dios, que busca hacer siempre su voluntad y, así, demuestra cuánto ama a su Papá. Es Rey porque, siendo el servidor de todos, termina siendo el Primero de todos (cf. Mt 20,26). 

Es Rey porque, sabiendo que el rebaño se lo ha confiado su Papá para que regrese a todos al redil, Él, como buen pastor, ha dado su vida por sus ovejas (cf. Jn 10,10-15).

Ahora que celebraremos la solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo Rey del Universo, pidámosle a Jesús que reine en nuestro corazón.

Cristo Rey: ¡reina en nuestros corazones!

Que nos permita en nuestras realidades el imitarlo para ser dignos testigos de la Verdad que nos hará a todos libres amando como Él nos ama, perdonando como Él nos perdona, viviendo como Él vive. 

Tengamos en nuestra mente y corazón aquellos versos que cantamos en la Adoración Eucarística: “!Tú reinarás! / Dichosa era / dichoso pueblo con tal Rey / será tu Cruz nuestra bandera / tu amor será ya nuestra ley.

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Si quieres aprender más acerca de Cristo Rey, da click en: Ángelus, Fiesta de Cristo Rey, Juan XXIII

Dios te bendiga.

Christian Sánchez



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