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La educación de los sentimientos

¿Cómo se educan los sentimientos?

En realidad, la educación de los sentimientos que hoy se imparte por padres y profesores es muy escasa.

Es cierto que los padres educan a sus hijos en la afectividad, de forma natural y espontánea. cuando los consuelan, los corrigen, los riñen, los animan, etc.

Pero es muy probable que en esas circunstancias tampoco sean muy conscientes de que están educando en la afectividad.

Además, los padres educan en la afectividad a sus hijos –especialmente en la afectividad relativa a las personas de distintos sexo-.

A través del modo en que se comportan con su pareja. Esta vía indirecta, y como in obliquo, es de vital importancia para los hijos.

Me gustaría resaltar en este artículo …

Tres principios en la educación de la afectividad:

  1. Educar en la afectividad es educar para el compromiso

La manifestación afectiva por excelencia es el amor. Pero el amor es compromiso.

El amor exige la donación de una persona a otra. Si no acontece esa donación no se puede hablar propiamente de amor.

Como tal donación, el comportamiento amoroso exige la ex-propiación de sí en favor de otro.

Lo que constituye uno de los compromisos más excelsos que la persona puede asumir y también uno de los más exigentes.

Saint-Exupéry (1982) describe magistralmente en El principito el alcance de este compromiso, al que él gusta denominar con el término domesticar.

Tal y como se ofrece en el breve y sustantivo diálogo entre el principito y el zorro, que a continuación se transcribe:

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-. No estoy domesticado.

-¡Ah! Perdón -dijo el principito. Pero después de

pensado, añadió: -¿Qué significa domesticar?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro-o ¿Qué buscas?

-Busco a los hombres -dijo el principito-. ¿Qué significa domesticar?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy fastidioso! También crían gallinas. Es lo único interesante. ¿Buscas gallinas?

-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa domesticar? -Es algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Significa crear lazos…

-¿Crear lazos?

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-Claro-, -dijo el zorro-. Para mí, tú no eres todavía más que un niño parecido a cien mil niños.

Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. Para ti no soy más que un zorro parecido a cien mil zorros.

Pero si me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro. Serás para mí único en el mundo. Seré para ti único en el mundo….

En esto reside la clave de la educación sentimental: en dejarse domesticar, en crear lazos, en necesitar del otro y ser necesitado por el otro.

Een intensificar y desvelar la propia singularidad y la del otro -por el vínculo que hay entre ellos- hasta el extremo de que ambos sean recíprocamente en el mundo, únicos.

Si una persona es única respecto de otra y es así percibida de una forma radical, su «valor» deviene infinito.

  1. Educar la afectividad es educar en la libertad 

Sin libertad en los sentimientos, la persona queda sometida a ellos.

Elegir es determinar algo, en cuyas entrañas va prendida, de forma inevitable, un cierto determinarse a sí mismo.

Elegir es indirectamente elegirse. Si no se elige, si se huye de todo compromiso se renuncia a todo a cambio de nada.

Pero hay algo que sí le queda a quien así se comporta.

No elegir es elegir nada; es no determinar nada, lo que conlleva determinarse a sí mismo hacia una cierta nada.

En el famoso cuento de Peter Pan vemos que el protagonista es un niño que se reúsa a crecer y prefiere vivir en un mundo de fantasías hecho a su “medida” en el país de “nunca jamás”.

Esto es así porque crecer y madurar implica renunciar a la potencialidad de serlo todo (Pan) y determinarse a ser algo específico por ejemplo padre, profesional, etc.

Peter escapaba de sus responsabilidades e invitaba a Wendy y sus hermanos a refugiarse en un mundo irreal donde podía ser el rey de los niños perdidos.

Es por esto que algunos autores lo han propuesto como el arquetipo de la inmadurez juvenil.   

acompañarnos en familia 2
  1. Educar la afectividad es educar en el sufrimiento 

En realidad, después de los dos principios anteriores, casi estaría justificada la omisión de este último.

Puesto que determinarse, elegir -y renunciar a todo lo que no se ha elegido-, comprometer la libertad en cada acto de elección comporta, con cierta frecuencia, un relativo sacrificio.

Pero se trata de un sacrificio sin el cual no se da en la persona la apertura y el encaminamiento hacia la felicidad.

Por eso, y a fuerza de ser honrado, parece conveniente recordar este principio implícito en los dos anteriores, especialmente respecto de la educación de los sentimientos, que es de lo que aquí́ se trata.

Educar en el sufrimiento no constituye algo de suyo patético o trágico, aunque tal vez sí dramático.

Dada la naturaleza de la condición humana, resulta muy difícil -imposible casi- encontrar a una sola persona que a lo largo de su vida no se haya tropezado alguna vez con la experiencia del dolor o el sufrimiento.

Pidamos entonces por la madurez de nuestra afectividad y especialmente por nuestros jóvenes que como dice Paul Claudel:

“La juventud no está hecha para el placer sino para el heroísmo”.

Oración.

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz! Que allí donde haya odio, ponga yo amor; donde haya ofensa, ponga yo perdón; donde haya discordia, ponga yo unión.

Donde haya error, ponga yo verdad; donde haya duda, ponga yo fe; donde haya desesperación, ponga yo esperanza.

Donde haya tinieblas, ponga yo luz; donde haya tristeza, ponga yo alegría.

¡Oh, Maestro!, que no busque yo tanto ser consolado como consolar; ser comprendido, como comprender; ser amado, como amar.

Porque dando es como se recibe; olvidando, como se encuentra; perdonando, como se es perdonado; muriendo, como se resucita a la vida eterna.

San Francisco de Asís

Soy Jorge Pablo Vergara, psicólogo

Experto en temas de familia

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