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La Luz toca lo intocable y restaura lo herido

Un encuentro que revela el corazón de Dios

En el Evangelio de hoy, un leproso (marginado, excluido y considerado impuro) se acerca a Jesús con una súplica sencilla y profunda: “Señor, si quieres, puedes limpiarme.” (Lc 5,12)

Y Jesús, movido por compasión, extiende la mano, lo toca y dice: “Quiero. Queda limpio.”

Este gesto, aparentemente pequeño, es en realidad una revolución espiritual: Jesús toca lo que nadie tocaba, se acerca a lo que se evitaba, restaura lo que estaba herido y devuelve dignidad a quien había perdido todo.

La Luz que se acerca a nuestras sombras

La Iglesia enseña que Cristo no teme las heridas humanas, sino que entra en ellas para sanarlas.

El Catecismo recuerda que Jesús “asume nuestras miserias para liberarnos de ellas” (CEC 517), revelando así la cercanía misericordiosa del Padre.

El Niño de Belén, nacido en pobreza y humildad, sigue manifestando su misión:

  • No huye del sufrimiento humano, sino que lo abraza.

  • No rechaza la impureza, sino que la transforma.

  • No condena, sino que restaura.

  • No evita a los excluidos, sino que los busca.

La Navidad nos invita a experimentar esta cercanía que toca y cura.

Lo que Jesús toca, Él lo renueva

El gesto de Jesús no solo es sanador, sino también profundamente teológico: la pureza de Cristo no se contamina, sino que purifica.

Así lo ha enseñado la Iglesia desde los primeros siglos: en Jesús, la divinidad no se mancha al tocar nuestra fragilidad, sino que la levanta y dignifica.

Esto significa que:

  • No hay herida tan vieja que Él no pueda sanar.

  • No hay historia tan rota que Él no pueda restaurar.

  • No hay vergüenza tan profunda que Él no pueda iluminar.

  • No hay pecado tan oscuro que Él no pueda redimir.

Cristo no solo sana el cuerpo: sana el alma, la identidad, la esperanza.

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Lo que escondemos… es precisamente lo que Jesús quiere tocar

Como el leproso, muchas veces escondemos: culpas del pasado, heridas emocionales, miedos profundos, sentimientos de indignidad, situaciones que preferimos no mirar.

Pero Jesús no nos pide perfección para acercarnos a Él. Solo pide honestidad y confianza: “Si quieres…” “Quiero, queda limpio.”

En Navidad, Jesús quiere tocar lo que evitamos y transformarlo en un lugar de gracia.

 

La misión después de la sanación

Tras curarlo, Jesús pide al leproso presentarse a los sacerdotes, como manda la Ley (cf. Lev 14).

Con esto reafirma algo esencial: la sanación que Él ofrece no excluye, sino que reintegra a la comunidad.

La Navidad siempre lleva a la misión:

  • Ser testigos de lo que Dios ha hecho
  • Reconciliarnos con los demás
  • Construir comunión
  • Vivir desde la gratitud

Cuando Cristo sana, envía renovados.

¿Qué nos invita a hacer este Evangelio hoy?

1. Dejar que Jesús toque nuestras heridas
No temer mostrarlas, no huir más de ellas.

2. Pedir con la humildad del leproso
Ser claros y sinceros: “Señor, si quieres…”

3. Permitir que la sanación transforme nuestra vida
No solo ser restaurados, sino vivir como restaurados.

4. Ser manos que sanan
Jesús tocó al leproso: nosotros podemos tocar la vida de otros con compasión, paciencia y misericordia.

Conclusión: La Navidad continúa sanando lo que duele

El Niño nacido en Belén sigue siendo el Dios que se acerca, que toca lo intocable y nos devuelve la vida auténtica.

No vino para admirar nuestra perfección, sino para sanar nuestras heridas.
No vino para condenar nuestras sombras, sino para iluminarlas desde dentro.

Cada Navidad es una invitación a dejar que Jesús toque lo que más nos duele…
y nos levante a una vida nueva.

 

Oración final

Señor Jesús, Tú que tocaste al leproso sin miedo ni rechazo, toca hoy mis heridas más profundas. Entra en mis miedos, en mis culpas, en mis sombras y derrama tu luz.

Di también sobre mí: “Quiero, queda limpio”. Restaura mi corazón, renueva mi esperanza y enséñame a vivir como alguien sanado por Ti.

Hazme compasivo con los demás, testigo de tu misericordia y portador de tu luz.

Amén.

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