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“Bienaventurados los que lloran”

Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados.

Esta semana el Espíritu Santo ha puesto en mi corazón esta bienaventuranza, quizá porque en este momento necesitaba tenerla presente.

Así que me gustaría compartir cómo la he podido vivir en estos días.

Cuando estamos pasando por un momento doloroso es importante no reprimir tus emociones, pero en ocasiones evitamos llorar por pena o por demostrar que podemos con ese dolor (aunque es todo lo contrario).

Las lágrimas son la primera respuesta de nuestro cuerpo ante el dolor ya sea físico o emocional.

Dios es tan sabio que nos dio esa capacidad de llorar para poder expresar esa emoción del momento (incluso felicidad).

Cuántas veces cuando éramos niños escuchábamos frases como “llorando no vas a solucionar nada” y entonces nos convertimos en adultos que reprimen esas ganas de llorar porque “así no se soluciona nada”.

Es aquí en donde la palabra de Dios me iluminó en el dolor y es que Jesús nos dice en Mateo 5, 4:

“Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados”.

Jesús nos acompaña en ese dolor, Él lo sufre con nosotros y entiende perfectamente lo que estamos sintiendo.

Aunque no se lo digamos porque conoce nuestro corazón, no nos juzga al contrario nos da consuelo.

Y después se hace presente en la calma que llega después del llanto, quizá el dolor sigue pero sabemos que no estamos solos y que en algún momento pasará.

En ocasiones nuestro dolor no nos permite sentir esa presencia de Jesús, no vemos con claridad en ese momento y nos sentimos incluso abandonados.

Justo como se sintió Jesús clavado en la cruz, con dolor no solo en el cuerpo sino también en el alma, humillado, traicionado y abandonado por Dios.

Jesús nos enseña que podemos ofrecer nuestra cruz, incluso nos pide entregarle nuestro sufrimiento.

Comprende nuestro sentir y por eso no nos deja, no nos abandona, camina con nosotros, toma nuestro dolor y lo hace suyo.

La cruz también nos recuerda que el sufrimiento y el dolor pasan, Dios permite que vivamos esos momentos para que podamos sanar, crecer espiritualmente.

Incluso recordarnos que nosotros no tenemos el control de nuestra vida y que tenemos que aprender a abandonarnos en sus manos, sin olvidar que es nuestro Padre y que solo buscará darnos lo mejor. 

Bienaventurados los que lloran

Todo esto puede parecernos abrumador o confuso ¿Por qué tengo que sufrir?, yo me pregunto más bien ¿Por qué huimos del sufrimiento, si por el sufrimiento de Jesús nosotros fuimos salvados?.

Dios no nos deja ahí, porque la cruz también es redención y esas situaciones nos permiten crecer también espiritualmente, ayudan a nuestra salvación, quizá no íbamos por el camino correcto.

O tal vez si pero no con las herramientas correctas o era necesaria esa parada para mirar a nuestro interior e identificar lo que había que sanar para seguir adelante.

Tengamos la certeza de que Dios nunca se equivoca.

Oración:

Dios padre, te doy gracias por cada momento de dolor o sufrimiento que has permitido que viva.

Te pido perdón si en mi dolor te he reclamado o exigido respuestas, ayúdame a fortalecer mi fe a confiar en ti, a saber hacer tu voluntad.

Y que en lugar de alejarme, sea un momento para fortalecer más mi relación contigo, amarte más y no olvidar que eres tu mi más grande consuelo.

Autora: Gabriela Padilla

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