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Cristo Rey y el ego: reinar sirviendo

Introducción: El reinado que transforma al corazón humano

La solemnidad de Cristo Rey no es solo una celebración litúrgica que marca el final del año cristiano; es también una invitación directa a confrontar uno de los mayores desafíos de la vida interior: el ego.

En una cultura obsesionada con el poder, el reconocimiento, el control y la autoafirmación constante, Cristo se presenta con una propuesta radical: reinar sirviendo.

Desde la perspectiva de la doctrina católica, el señorío de Cristo no se fundamenta en la imposición, sino en el amor sacrificado.

Y desde la psicología católica, este estilo de liderazgo divino se convierte en un modelo profundo para la integración emocional, el autoconocimiento y el crecimiento espiritual.

1. ¿Qué es el ego? Una mirada desde la fe y la psicología católica

Aunque la palabra “ego” suele asociarse al lenguaje psicológico, la tradición cristiana ha hablado de esta misma realidad durante siglos usando otros términos:

  • amor propio desordenado
  • vanagloria
  • soberbia
  • búsqueda de dominio
  • autosuficiencia

El ego desordenado es esa parte del ser humano que quiere que todo gire alrededor de sí mismo. Necesita controlar, destacar, tener razón, ser reconocido y proteger la propia imagen a cualquier costo.

La Iglesia enseña que esta inclinación se desprende del pecado original (Catecismo 397–398), donde el ser humano quiso “ser como Dios” sin Dios, siguiendo su propia voluntad en lugar de la del Creador.

En psicología, este mecanismo se entiende como una estructura defensiva que busca proteger la identidad, pero que puede convertirse en un obstáculo para las relaciones sanas, la madurez emocional y la vida espiritual.

Cristo, en cambio, nos muestra un camino completamente opuesto: el camino de la humildad que libera.

2. Cristo Rey: un reinado que desconcierta al ego

La realeza de Cristo se manifiesta en un modo inesperado:

  • No nació en un palacio, sino en un pesebre.
  • No fue coronado con oro, sino con espinas.
  • No dominó con fuerza, sino con mansedumbre.
  • No buscó ser servido, sino servir (Mt 20,28).
  • Su trono fue la cruz, y su proclamación como Rey vino en medio del sufrimiento.

El Papa Pío XI, en la encíclica Quas Primas (1925), estableció la fiesta de Cristo Rey para recordar al mundo que solo Cristo puede ordenar rectamente el corazón humano y las estructuras sociales.

Él es Rey porque su autoridad es amor puro y sacrificado. Para el ego, este reinado es un escándalo. Para el corazón creyente, es una escuela de libertad.

3. Reinar sirviendo: la medicina espiritual contra la necesidad de control

  • El ego quiere poseer. Cristo quiere entregar.
  • El ego quiere dominar. Cristo quiere amar.
  • El ego quiere imponerse. Cristo quiere abrazar.

La necesidad de controlar —algo muy común en procesos psicológicos— suele ser una respuesta a la inseguridad, la herida, el miedo al rechazo o la frustración.

Sin embargo, la fe enseña que solamente cuando Cristo reina en el corazón, nace la verdadera libertad interior.

¿Cómo Cristo enseña a reinar sirviendo?

 

  1. Haciendo la voluntad del Padre por encima de la propia
    → El ego exige autonomía absoluta; Cristo muestra obediencia amorosa.

  2. Abajándose para levantar al otro (Fil 2,5–11)
    → San Pablo presenta la kenosis como el antídoto contra la soberbia.

  3. Perdonando incluso desde la cruz
    → El ego busca venganza o defensa; Cristo libera perdonando.

  4. Amando sin esperar nada a cambio
    → El amor cristiano es don, no transacción.

  5. Poniendo el servicio sobre el poder
    → “El que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.”
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4. Señales de que el ego está reinando en tu vida

Desde la psicología católica, es útil identificar ciertos comportamientos que revelan un ego desordenado:

  • Necesidad constante de tener razón.
  • Dificultad para pedir perdón.
  • Sensibilidad exagerada ante las críticas.
  • Control excesivo sobre personas o circunstancias.
  • Comparación permanente con los demás.
  • Afán por reconocimiento, títulos o aplausos.
  • Reacciones impulsivas cuando las cosas no salen como se esperaba.
  • Resistencia a ceder, soltar o delegar.

Estas actitudes muestran que el ego está gobernando el corazón, desplazando la paz que Cristo quiere otorgar.

 

5. ¿Cómo permitir que Cristo Rey gobierne sobre el ego?

1. Practicar la humildad activa

La humildad no es pensar menos de uno mismo, sino pensar menos en uno mismo.
Es una virtud que ordena el amor propio y lo lleva hacia la verdad.

2. Ejercitar el silencio interior

Sin silencio no hay escucha; sin escucha no hay obediencia; sin obediencia no hay reinado de Cristo.

3. Dejar que Dios tome el control (sin pasividad)

Esto implica madurez afectiva: confiar, soltar, discernir.
Es un acto espiritual y psicológico.

4. Servir concretamente

El servicio rompe el narcisismo. Ayuda al alma a salir de sí misma y encontrar a Dios en el otro.

5. Oración y sacramentos

Especialmente la Eucaristía y la Reconciliación, donde Cristo restaura la unidad interior y reordena las pasiones.

6. Acompañamiento psicológico católico

Un profesional con visión cristiana puede ayudar a identificar heridas que alimentan la necesidad de control, autosuficiencia o búsqueda de aprobación.

6. Del ego al amor: el camino de madurez integral

La Iglesia enseña que la verdadera grandeza nace del amor (CCC 1822–1829). El ego promete grandeza, pero deja vacío; Cristo propone servicio, y eso plenifica.

En la psicología católica, la madurez no consiste en eliminar el ego —que es parte natural de la psique— sino en ordenarlo, integrarlo y someterlo al amor de Dios.

Cuando Cristo reina, el ego deja de gobernar para convertirse en un instrumento al servicio del bien.

Conclusión: Un Rey que no aplasta, sino que libera

Celebrar a Cristo Rey es permitirle entrar en esas áreas de nuestra vida donde el ego todavía lucha por el control.

Es reconocer que solo Él puede ordenar nuestras emociones, sanar nuestras heridas y madurar nuestra libertad.

  • Cristo no compite con tu libertad. Cristo la dignifica.
  • Cristo no destruye tu identidad. La purifica.
  • Cristo no aplasta tu ego. Lo redime.
  • El mundo te invita a reinar dominando. Cristo te invita a reinar sirviendo.

    Y ahí, justamente ahí, está la verdadera victoria.

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